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En uno de sus Proverbios y cantares, el genio de Antonio Machado resume la esencia de lo español diciendo que: “De diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Un ratio que en el caso del hecho gastronómico, en estos días y con legiones de instagramers, youtubers, influencers, gastromonguers y zampafoodies, bien podría estimarse en mil por uno. Y entre esos “unos” brilla de manera singular el periodista y divulgador David Remartinez (Zaragoza-1971), autoapodado Remartini, aunque, a decir verdad, caso singularísimo, pensamiento y embestidura se alternan armoniosamente en su faena.

El tipo piensa mucho, piensa bien y piensa por derecho, pero tal no es óbice, valladar ni cortapisa, para que de cuando en vez derrote, al modo y manera que nos cantara Ángel González, sobre banderilleros desganados y sansirolés a los que las guedejas de la modernidad líquida cubren el entendimiento.

Periodista y escritor con aspiraciones vampíricas, ha venido trabajando en diarios, El Comercio y El Diario Montañés, revistas, Vanity Fair, radio y televisión, Cope, Antena 3, para recalar en El Comidista, de El País, y en la Guía Repsol. Autor de un libro referencial y desternillante, La puta gastronomía, nació siete años después de que el Ministerio de Información y Turismo creara el Menú Turístico, para atender la demanda de once millones de turistas de medio pelo, que cada año se le echaba encima, y que vigilaba y jaleada el peliculeo del NODO, con sus dos galanes en el reparto, Francisco Franco y Cándido López, inventor este de la escenografía de corte del cochinillo con un plato que luego hacía añicos sobre el suelo, en versión segoviana de las bodas ortodoxas griegas.

Y así, hasta que en noviembre de 2009 Ferran Adrià, entre la solemnidad y el farbulleo que caracterizan su discurso, declaró que el menú del día estaba muerto. Y héteme aquí que Remartini fue de los primeros en constatar que mientras Ferran, junto a sus esferificaciones, mousses, impregnaciones al vacío, nitrógeno líquido a cascoporro, liofilizaciones, deconstrucciones, espumas y aires, iban a pasar a mejor vida, el menú del día gozaría de excelente salud por muchos años.

Cree Remartini que debemos dejar de hablar de chefs geniales, vanguardistas y tocados por la gracia celestial en el Sinaí de los fogones, y prestar más atención a los que laboran por afición y por amor al ocio, siempre con gusto y ganas de satisfacer al cliente y a no a su propio ego. Es un tipo instruido y bienhumorado; un hombre bueno, en el buen y machadiano sentido de la palabra bueno. Además, es maño y frente a la galerna gastromonguer dice aquello de: “Chufla, chufla, que no como no te apartes tú…”. No sé sí David merece una estatua en la Calle Alfonso de Zaragoza, como la tiene Luis del Olmo en la Glorieta de entrada a Ponferrada, pero sí al menos una concentración de parroquianos de cuando en vez, cantando el Resistiré del Dúo Dinámico. Qué menos.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo, periodista y
divulgador especializado en nutrición y gastronomía

@almodovarmiguelangel

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