Cuando nos iniciamos en la vida que a cada uno nos ha tocado vivir, en el archivo limpio y despejado de la niñez, nuestro cerebro comienza a almacenar las vivencias, las imágenes, los olores, las personas, los paisajes… Mis primeros pasos los daba torpemente por el pasillo penumbroso y sombrío que unía el piso interior de mi familia con la pescadería de mi tía María. Una tienda llena de claridad, la luz entraba a raudales a través de una enorme cristalera que ocupaba toda la fachada de la tienda. La pescadería, propiedad de mi tía, era, nada más y nada menos que la pescadería “La Coruña”, ubicada en el paseo María Agustín nº 5.
En esos primeros años de mi vida comencé a impregnarme del olor y el colorido del pescado. Mi casa, en la trastienda, y la propia tienda, era mi espacio vital, mi medio. Para nada me parecía molesto el olor a pescado, el colorido y la variedad de peces, moluscos crustáceos etc. Me fascinaba, me encantaba el paisaje marinero y pescador.
Por lo natural y cotidiano que era no reconocía el esfuerzo y el trabajo de aquellos sacrificados tenderos desenvolviéndose en tan precarias condiciones. Aquellos pescaderos que eran el último eslabón de la cadena comercial de frutos del mar, entre ellos mi tía, a finales de los 40 y primeros de los 50, al punto de la madrugada partían con carros de mano hacia el mercado de pescados en la Plaza de Santo Domingo. Tiraban de las carretas como si fuesen bestias de carga.
Cuando hacían el camino de vuelta hacia su pescadería, cargados de cajas hasta las cachas, por un firme de adoquines brutal, sudaban la gota gorda, aunque fuese puro invierno. El esfuerzo de mi tía, que era el que yo conocía, era el de todos los pescaderos zaragozanos de aquellos años. Les movía una voluntad de hierro y una fuerza sobrenatural de supervivencia.
Nada más llegar a la tienda, mi tía, mi madre y un adolescente descargaban la carreta y ordenaban con pulcritud el escaparate. Quedaba bonito y lleno de colorido. Salmonetes, pescadillas, merluzas, besugos, palometas, gallos, gambas, cigalas, camarones, nécoras, mejillones… Luego, mi tía y sus ayudantes esparcían una buena cantidad de hielo picado por encima de los pescados del expositor que reposaban en el frio mármol.
Mi tía se colocaba una bata blanca y protegida con un delantal de tela basta y fuerte con rayas horizontales de colores negro y verde oscuro, y con cara sonriente, invitaba a entrar a las primeras clientas de la mañana. Se colocaba detrás del alto mostrador con sus elementos principales: balanza, cuchilla, afilador y papel de estraza para preguntar el deseo de las clientas. La jornada concluía sobre las dos de la tarde, pero aún quedaba recoger el pescado no vendido y almacenarlo en un contenedor de granito con sendas capas de hielo.
Era el duro trabajo de los pescaderos predecesores de los pocos que hoy quedan en la ciudad y, muchos menos en los pueblos. Minoristas que dan un servicio que la mayoría solo echaremos en falta cuando no estén, demasiado tarde. Y pocos se dan cuenta.